Caravana del Zorro: fe, velocidad y un ritual que cada año deja víctimas
Cada febrero, Guatemala vuelve a ser escenario de una de las concentraciones motociclísticas más grandes de Centroamérica: la Caravana del Zorro. Miles de motoristas parten rumbo a Esquipulas movidos por la fe, la tradición o la adrenalina. Sin embargo, el saldo se repite con preocupante regularidad: muertos, heridos y accidentes evitables.
Año tras año, pese a los llamados a la prudencia, no se logra una caravana sin lesionados. Las causas son conocidas: motocicletas en mal estado mecánico, frenos deficientes, llantas lisas, falta de mantenimiento y, sobre todo, exceso de velocidad. A esto se suma la imprudencia de algunos participantes que convierten el recorrido en una competencia informal para demostrar quién tiene la moto más rápida, olvidando que no se trata de una pista, sino de carreteras abiertas y congestionadas.
La Caravana del Zorro fue fundada a inicios de la década de 1960, específicamente en 1961, por Carlos “El Zorro” Rodas, como una peregrinación de fe hacia la Basílica de Esquipulas en honor al Cristo Negro. Lo que comenzó como un acto religioso de pocos motoristas se transformó, con los años, en un evento masivo que hoy moviliza a decenas de miles de personas de todo el país e incluso del extranjero.
El crecimiento descontrolado del evento también trajo consigo una fuerte explotación comercial: venta de motocicletas, repuestos, accesorios, publicidad y patrocinadores que encuentran en la caravana una vitrina perfecta. Esto abre una pregunta incómoda pero necesaria:
¿quién asume la responsabilidad cuando la fe se mezcla con el negocio y el resultado son vidas perdidas?
Los peligros de esta “aventura” están bien documentados:
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Choques múltiples por caravanas compactas
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Caídas por fallas mecánicas
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Atropellos a peatones
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Conductores sin casco ni protección adecuada
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Consumo de alcohol antes y durante el recorrido
Mientras las cifras de accidentes se normalizan y las muertes se reducen a estadísticas, las familias de las víctimas cargan con el verdadero costo. La fe no debería exigir sangre como tributo, ni la tradición justificar la negligencia.
La Caravana del Zorro necesita regulación real, controles mecánicos obligatorios y límites claros, porque lo que hoy se vende como devoción y celebración, para muchos termina siendo una tragedia anunciada.
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